Wednesday, October 23, 2013

Indisolubilidad del matrimonio y debate sobre los divorciados vueltos a casar y los sacramentos

 

La fuerza de la gracia

Tras el anuncio de un sínodo extraordinario que se celebrará en octubre de 2014 sobre la pastoral de la familia, se han sucedido intervenciones diversas, en particular acerca de la cuestión de los fieles divorciados vueltos a casar. Para profundizar con serenidad en el tema, que es cada vez más urgente, del acompañamiento pastoral de estos fieles en coherencia con la doctrina católica, publicamos una amplia contribución del arzobispo prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe. 
La discusión sobre la problemática de los fieles que tras un divorcio han contraído una nueva unión civil no es nueva. Siempre ha sido tratada por la Iglesia con gran seriedad, con la intención de ayudar a las personas afectadas, puesto que el matrimonio es un sacramento que alcanza en modo particularmente profundo la realidad personal, social, e histórica del hombre. A causa del creciente número de afectados en países de antigua tradición cristiana, se trata de un problema pastoral de gran trascendencia. Hoy los creyentes se interrogan muy seriamente: ¿No puede la Iglesia autorizar a los cristianos divorciados y vueltos a casar, bajo determinadas condiciones, a recibir los sacramentos? ¿Les están definitivamente atadas las manos en estas cuestiones? Los teólogos, ¿realmente han considerado todas las implicaciones y consecuencias al respecto? 
Estas preguntas deben ser discutidas en conformidad con la enseñanza católica sobre el matrimonio. Una pastoral enteramente responsable presupone una teología que se abandone a Dios que se revela, prestándole el pleno obsequio del entendimiento y de la voluntad”, y asintiendo “voluntariamente a la revelación hecha por El” (Constitución apostólica Dei Verbum, n. 5). Para hacer comprensible la auténtica doctrina de la Iglesia, debemos comenzar por la Palabra de Dios, contenida en la Sagrada Escritura, explicada por la tradición eclesial e interpretada de modo vinculante por el Magisterio.
El testimonio de la Sagrada Escritura
No deja de ser problemático situar inmediatamente nuestra cuestión en el ámbito del Antiguo Testamento, puesto que entonces el matrimonio no era considerado como un sacramento. No obstante, la Palabra de Dios en la Antigua Alianza es significativa para nosotros, ya que Jesús se coloca en esta tradición y argumenta a partir de ella. En el decálogo se encuentra el mandamiento: “No cometerás adulterio” (Ex 20,14), sin embargo, en otro lugar el divorcio es visto como algo posible. Según Dt 24,1-4, Moisés estableció que el hombre pueda expedir un libelo de repudio y despedir a la mujer de su casa, si no lo complace. En consecuencia de esto, el hombre y la mujer pueden volverse a casar. Sin embargo, junto a la concesión del divorcio, en el Antiguo Testamento es posible identificar una cierta resistencia hacia esta práctica. Al igual que el ideal de la monogamia, también la indisolubilidad está contenida en la comparación profética entre la alianza de Yavè con Israel y la alianza matrimonial. El profeta Malaquías lo expresa claramente: “No traicionarás a la esposa de tu juventud... siendo así que ella era tu compañera y la mujer de tu alianza” (cfr Mal 2,14-15).
En particular, las controversias con los fariseos fueron para el Señor una ocasión para ocuparse del tema. Jesús se distancia expresamente de la práctica veterotestamentaria del divorcio, que Moisés había permitido a causa de la “dureza de corazón” de los hombres y se remite a la voluntad originaria de Dios: “Desde el comienzo de la creación, Dios los hizo varón y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre” (Mc 10,5-9, cfr Mt 19; Lc 16,18). La Iglesia católica siempre se ha remitido, en la enseñanza y en la praxis, a estas palabras del Señor sobre la indisolubilidad del matrimonio. El pacto que une íntima y recíprocamente a los conyugues entre sí, ha sido establecido por Dios. Designa una realidad que proviene de Dios y que, por tanto, ya no está a disposición de los hombres.
Algunos exégetas sostienen hoy que estas palabras de Jesús habrían sido aplicadas, ya en tiempos apostólicos, con una cierta flexibilidad, concretamente con respecto a la porneia/fornicación (cfr Mt 5,32; 19,9) y a la separación entre un cristiano y su cónyuge no cristiano (cfr 1Cor 7,12-15). En el campo exegético, las cláusulas sobre la fornicación fueron objeto de discusión controvertida, desde el comienzo. Muchos están convencidos que no se trataría de excepciones a la indisolubilidad, sino de vínculos matrimoniales inválidos. De todos modos, la Iglesia no puede fundar su doctrina y praxis sobre hipótesis exegéticas debatidas. Ella debe atenerse a la clara enseñanza de Cristo.
Pablo establece la prohibición del divorcio como un deseo expreso de Cristo: “A los casados, en cambio, les ordeno –y esto no es mandamiento mío, sino del Señor– que la esposa no se separe de su marido. Si se separa, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su esposo. Y que tampoco el marido abandone a su mujer” (1Cor 7,10-11). Al mismo tiempo, permite en razón de su propia autoridad, que un no cristiano pueda separarse de su cónyuge, si se ha convertido al cristianismo. En este caso, el cristiano “no queda obligado” a permanecer soltero (1Cor 7, 12-16). A partir de esta posición, la Iglesia reconoce que sólo el matrimonio entre un hombre y una mujer bautizados es un sacramento en sentido real, y que sólo a éstos se aplica la indisolubilidad en modo incondicional. El matrimonio de no bautizados, si bien está orientado a la indisolubilidad, bajo ciertas circunstancias –a causa de bienes más altos– puede ser disuelto (Privilegium Paulinum). No se trata aquí, por tanto, de una excepción a las palabras del Señor. La indisolubilidad del matrimonio sacramental, es decir de éste en el ámbito del misterio cristiano, permanece intacta.
La Carta a los Efesios es de grande significado para el fundamento bíblico de la comprensión sacramental del matrimonio. En ella se señala: “Maridos, amad a vuestras esposas, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella” (Ef 5,25). Y más adelante, escribe el Apóstol: “Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos serán una sola carne. Este es un gran misterio: y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia” (Ef 5,31-32).  El matrimonio cristiano es un signo eficaz de la alianza entre Cristo y la Iglesia. El matrimonio entre bautizados es un sacramento porque significa y confiere la gracia de este pacto.
El testimonio de la Tradición de la Iglesia
Los Padre de la Iglesia y los Concilios constituyen un importante testimonio para el desarrollo de la posición eclesiástica. Según los Padres, las instrucciones bíblicas son vinculantes. Éstos rechazan las leyes estatales sobre el divorcio por ser incompatibles con las exigencias de Jesús. La Iglesia de los Padres, en obediencia al Evangelio, rechazó el divorcio y un segundo matrimonio. En este punto, el testimonio de los Padres es inequivocable.
En la época patrística, los creyentes separados que se habían vuelto a casar civilmente no eran readmitidos oficialmente a los sacramentos, aún cuando hubiesen pasado por un periodo de penitencia. Algunos textos patrísticos, es cierto, permiten reconocer abusos, que no siempre fueron rechazados con rigor y que, en ocasiones, se buscaron soluciones pastorales para rarísimo casos-límites.
Más tarde, en algunas regiones, sobre todo a causa de la creciente interdependencia entre el Estado y la Iglesia, se llegó a compromisos mayores. En Oriente este desarrollo prosiguió su curso y condujo, especialmente después de la separación de la Cathedra Petri, a una praxis cada vez más liberal. Hoy existe en las iglesias ortodoxas una multitud de causas para el divorcio, que en su mayoría son justificados mediante la referencia a la Oikonomia, la indulgencia pastoral en casos particularmente difíciles, y abren el camino a un segundo o tercer matrimonio con carácter penitencial. Esta práctica no es coherente con la voluntad de Dios, tal como se expresa en las palabras de Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio, y representa una dificultad significativa para el ecumenismo.
En Occidente, la Reforma Gregoriana se opuso a la tendencia liberalizadora y retornó a la interpretación originaria de la Escritura y de los Padres. La Iglesia Católica ha defendido la absoluta indisolubilidad del matrimonio también al precio de grandes sacrificios y sufrimientos. El cisma de la “Iglesia de Inglaterra” separada del sucesor de Pedro, tuvo lugar no con motivo de diferencias doctrinales, sino porque el Papa, en obediencia a las palabras de Jesús, no podía ceder a la presión del rey Enrique VIII para disolver su matrimonio.
El Concilio de Trento confirmó la doctrina de la indisolubilidad del matrimonio sacramental y explicó que ésta corresponde a la enseñanza del Evangelio (cfr DH 1807). En ocasiones, se sostiene que la Iglesia toleró de hecho la praxis oriental. Esto no corresponde a la verdad. Los canonistas hablaron reiteradamente de una práctica abusiva, y existen testimonios de grupos de cristianos ortodoxos, que, convertidos al catolicismo, tuvieron que firmar una confesión de fe con una expresa referencia a la imposibilidad de un segundo o un tercer matrimonio.
El Concilio Vaticano II, en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, sobre “la Iglesia en el mundo de hoy”, ha enseñado una doctrina teológica y espiritualmente profunda sobre el matrimonio. Ella sostiene de forma clara su indisolubilidad. El matrimonio se entiende como una comunidad integral, corpóreo-espiritual, de vida y amor entre un hombre y una mujer, que recíprocamente se entregan y reciben como personas. Mediante el acto personal y libre del consentimiento recíproco, se funda por derecho divino una institución estable ordenada al bien de los conyugues y de la prole, e independiente del arbitrio del hombre: “Esta íntima unión, como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos, exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad” (n. 48). A través del sacramento, Dios concede a los conyugues  una gracia especial: “Porque así como Dios antiguamente se adelantó a unirse a su pueblo por una alianza de amor y de fidelidad, así ahora el Salvador de los hombres y Esposo de la Iglesia sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio. Además, permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad, como El mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella” (idem). Mediante el sacramento, la indisolubilidad del matrimonio contiene un significado nuevo y más profundo: Llega a ser una imagen del amor de Dios hacia su pueblo y de la irrevocable fidelidad de Cristo a su Iglesia.
El matrimonio como sacramento se puede entender y vivir sólo en el contexto del misterio de Cristo. Cuando el matrimonio se seculariza o se contempla como una realidad meramente natural, queda impedido el acceso a su sacramentalidad. El matrimonio sacramental pertenece al orden de la gracia y, en definitiva, está integrado en la comunidad de amor de Cristo con su Iglesia. Los cristianos están llamados a vivir su matrimonio en el horizonte escatológico de la llegada del Reino de Dios en Jesucristo, Verbo de Dios encarnado.
El testimonio del Magisterio en épocas recientes
Con el texto, aún hoy fundamental, de la Exhortación Apostólica Familiaris consortio, publicado por Juan Pablo II el 22 de noviembre de 1981, después del Sínodo de Obispos sobre la familia cristiana en el mundo de hoy, se confirma expresamente la enseñanza dogmática de la Iglesia sobre el matrimonio. Desde el punto de vista pastoral, la Exhortación postsinodal se ocupa también de la atención de los fieles vueltos a casar con rito civil, pero que están aún vinculados entre sí por un matrimonio eclesiástico válido. El Papa manifiesta por tales fieles un alto grado de preocupación y de afecto. El n. 84 (“Divorciados vueltos a casar”) contiene las siguientes afirmaciones fundamentales:
1. Los pastores que tienen cura de ánimas, están obligados por amor a la verdad “a discernir bien las situaciones”. No es posible evaluar todo y a todos de la misma manera.
2. Los pastores y las comunidades están obligados a ayudar con solicita caridad a los fieles interesados. También ellos pertenecen a la Iglesia, tienen derecho a la atención pastoral y deben tomar parte en la vida de la Iglesia.
3. Sin embargo, no se les puede conceder el acceso a la Eucaristía. Al respecto se adopta un doble motivo:
a) “Su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía”;
b) “Si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio”. Una reconciliación a través del sacramento de la penitencia, que abre el camino hacia la comunión eucarística, únicamente es posible mediante el arrepentimiento acerca de lo acontecido y “la disposición a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio”. Esto significa, concretamente, que cuando por motivos serios la nueva unión no puede interrumpirse, por ejemplo a causa de la educación de los hijos, el hombre y la mujer deben “obligarse a vivir una continencia plena”.
4. A los pastores se les prohíbe expresamente, por motivos teológico sacramentales y no meramente legales, efectuar “ceremonias de cualquier tipo” para los divorciados vueltos a casar”, mientras subsista la validez del primer matrimonio.
La carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la recepción de la comunión eucarística por parte de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, del 14 de septiembre de 1994, ha confirmado que la praxis de la Iglesia, frente a esta pregunta, “no puede ser modificada basándose en las diferentes situaciones” (n.5). Además, se aclara que los fieles afectados no deben acercarse a recibir la sagrada comunión basándose en sus propias convicciones de conciencia: “En el caso de que él lo juzgara posible, los pastores y los confesores (…), tienen el grave deber de advertirle que dicho juicio de conciencia está reñido abiertamente con la doctrina de la Iglesia” (n. 6). Si existen dudas acerca de la validez de un matrimonio fracasado, éstas deberán ser examinadas por el tribunal matrimonial competente (cfr n. 9). Sigue siendo de fundamental importancia obrar “con solícita caridad [para] hacer todo aquello que pueda fortalecer en el amor de Cristo y de la Iglesia a los fieles que se encuentran en situación matrimonial irregular. Sólo así será posible para ellos acoger plenamente el mensaje del matrimonio cristiano y soportar en la fe los sufrimientos de su situación. En la acción pastoral se deberá cumplir toda clase de esfuerzos para que se comprenda bien que no se trata de discriminación alguna, sino únicamente de fidelidad absoluta a la voluntad de Cristo que restableció y nos confió de nuevo la indisolubilidad del matrimonio como don del Creador” (n. 10).
En la Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum caritatis, del 22 de febrero de 2007, Benedicto XVI retoma y da nuevo impulso al trabajo del anterior Sínodo de Obispos sobre la Eucaristía. El n. 29 del documento trata acerca de la situación de los fieles divorciados y vueltos a casar. También para Benedicto XVI se trata aquí de “un problema pastoral difícil y complejo”. Reitera “la praxis de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura (cfr Mc 10,2-12), de no admitir a los sacramentos a los divorciados casados de nuevo”, pero también exhorta a los pastores a dedicar “una especial atención” a los afectados, “con el deseo de que, dentro de lo posible, cultiven un estilo de vida cristiano mediante la participación en la santa Misa, aunque sin comulgar, la escucha de la Palabra de Dios, la Adoración eucarística, la oración, la participación en la vida comunitaria, el diálogo con un sacerdote de confianza o un director espiritual, la entrega a obras de caridad, de penitencia, y la tarea de educar a los hijos”. Cuando existen dudas sobre la validez de un matrimonio anterior fracasado, éstas deberán ser examinadas por los tribunales matrimoniales competentes.
La mentalidad actual contradice la comprensión cristiana del matrimonio especialmente en lo relativo a la indisolubilidad y la apertura a la vida. Puesto que muchos cristianos están influido por este contexto cultural, en nuestros días, los matrimonios están más expuestos a la invalidez que en el pasado. En efecto, falta la voluntad de casarse según el sentido de la doctrina matrimonial católica y se ha reducido la pertenencia a un contexto vital de fe. Por esto, la comprobación de la validez del matrimonio es importante y puede conducir a una solución de estos problemas. Cuando la nulidad del matrimonio no puede demostrarse, la absolución y la comunión eucarística presuponen, de acuerdo con la probada praxis eclesial, una vida en común “como amigos, como hermano y hermana”. Las bendiciones de estas uniones irregulares, “para que no surjan confusiones entre los fieles sobre el valor del matrimonio, se deben evitar”. La bendición (bene-dictio: aprobacion por parte de Dios) de una relación que se opone a la voluntad del Señor es una contradicción en sí misma.
En su homilía para el VII Encuentro Mundial de las Familias en Milán, el 3 de junio de 2012, Benedicto XVI habló una vez más de este doloroso problema: “Quisiera dirigir unas palabras también a los fieles que, aun compartiendo las enseñanzas de la Iglesia sobre la familia, están marcados por las experiencias dolorosas del fracaso y la separación. Sabed que el Papa y la Iglesia os sostienen en vuestra dificultad. Os animo a permanecer unidos a vuestras comunidades, al mismo tiempo que espero que las diócesis pongan en marcha adecuadas iniciativas de acogida y cercanía”.
El último Sínodo de Obispos sobre “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana” (7-28 de octubre de 2012), ha vuelto a ocuparse de la situación de los fieles que tras el fracaso de una comunidad de vida matrimonial (no el fracaso del matrimonio como tal, que permanece en cuanto sacramento), han establecido una nueva unión y conviven sin el vínculo sacramental del matrimonio. En el mensaje conclusivo, los Padres sinodales se dirigieron a ellos con las siguientes palabras: “A todos ellos les queremos decir que el amor de Dios no abandona a nadie, que también la Iglesia los ama y es una casa acogedora con todos, que siguen siendo miembros de la Iglesia, aunque no puedan recibir la absolución sacramental ni la Eucaristía. Que las comunidades católicas estén abiertas a acompañar a cuantos viven estas situaciones y favorezcan caminos de conversión y de reconciliación”.
Consideraciones antropológicas y teológico-sacramentales
La doctrina sobre la indisolubilidad del matrimonio encuentra con frecuencia incomprensiones en un ambiente secularizado. Allí donde las ideas fundamentales de la fe cristiana se han perdido, la mera pertenencia convencional a la Iglesia no está en condiciones de sostener decisiones de vida relevantes ni de ofrecer un apoyo en las crisis tanto del estado matrimonial como del sacerdotal y la vida consagrada. Muchos se preguntan: ¿Cómo podré comprometerme para toda la vida con una única mujer o un único hombre? ¿Quién me puede decir cómo estará mi matrimonio en diez, veinte, treinta o cuarenta años? Por otra parte, ¿es posible una unión de carácter definitivo a una única persona? La gran cantidad de uniones matrimoniales que hoy se rompen refuerzan el escepticismo de los jóvenes sobre las decisiones que comprometan la propia vida para siempre.
Por otra parte, el ideal de la fidelidad entre un hombre y una mujer, fundado en el orden de la creación, no ha perdido nada de su atractivo, como lo revelan recientes encuestas dirigidas a gente joven. La mayoría de los jóvenes anhela una relación estable y duradera, tal como corresponde a la naturaleza espiritual y moral del hombre. Además, se debe recordar el valor antropológico del matrimonio indisoluble, que libera a los cónyuges de la arbitrariedad y de la tiranía de sentimientos y estados de ánimo, y les ayuda a sobrellevar las dificultades personales y a vencer las experiencias dolorosas. En particular, protege a los niños, que, por lo general, son los que más sufren con la ruptura del matrimonio.
El amor es más que un sentimiento o instinto. En su esencia, el amor es entrega. En el amor matrimonial, dos personas se dicen consciente y voluntariamente: sólo tú, y para siempre. A las palabras del Señor: “Lo que Dios ha unido” corresponde la promesa de los esposos: “Yo te acepto como mi marido… Yo te acepto como mi mujer… Quiero amarte, cuidarte y honrarte toda mi vida, hasta que la muerte nos separe”. El sacerdote bendice la alianza que los esposos han sellado entre si ante la presencia de Dios. Quien se pregunte si el vínculo matrimonial tiene una naturaleza ontológica, déjese instruir por las palabras del Señor: “Al principio, el Creador los hizo varón y mujer, y que dijo: Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. Así, pues, ya no son dos, sino una sola carne” (Mt 19, 4-6).
Para los cristianos rige el hecho de que el matrimonio entre bautizados –por tanto, incorporados al cuerpo de Cristo–, tiene una dimensión sacramental y representa así una realidad sobrenatural. Uno de los más serios problemas pastorales está constituido por el hecho de que algunos juzgan el matrimonio exclusivamente con criterios mundanos y pragmáticos. Quien piensa según “el espíritu del mundo” (1Cor 2,12) no puede comprender la sacramentalidad del matrimonio. La Iglesia no puede responder a la creciente incomprensión sobre la santidad del matrimonio con una adaptación pragmática ante lo presuntamente inexorable, sino sólo mediante la confianza en “el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido” (1Cor 2,12). El matrimonio sacramental es un testimonio de la potencia de la gracia que transforma al hombre y prepara a toda la Iglesia para la ciudad santa, la nueva Jerusalén, la Iglesia misma, preparada “como una novia que se engalana para su esposo” (Ap 21,2). El evangelio de la santidad del matrimonio se anuncia con audacia profética. Un profeta tibio busca su propia salvación en la adaptación al espíritu de los tiempos, pero no la salvación del mundo en Jesucristo. La fidelidad a las promesas del matrimonio es un signo profético de la salvación que Dios dona al mundo: “Quien sea capaz de entender, que entienda” (Mt 19,12). Mediante la gracia sacramental, el amor conyugal es purificado, fortalecido e incrementado. “Este amor, ratificado por la mutua fidelidad y, sobre todo, por el sacramento de Cristo, es indisolublemente fiel, en cuerpo y mente, en la prosperidad y en la adversidad, y, por tanto, queda excluido de él todo adulterio y divorcio” (Gaudium et spes, n. 49). Los esposos, en virtud del sacramento del matrimonio, participan en el definitivo e irrevocable amor de Dios. Por esto, pueden ser testigos del fiel amor de Dios, nutriendo permanentemente su amor a través de una vida de fe y de caridad.
Los pastores saben que existen ciertamente situaciones  en que la convivencia matrimonial, por motivos graves, se torna prácticamente imposible, por ejemplo, a causa de violencia sicológica o física. En estas situaciones dolorosas la Iglesia ha siempre permitido que los conyugues se separaran. Sin embargo, se debe precisar que el vínculo conyugal del matrimonio válidamente celebrado se mantiene intacto ante Dios, y sus integrantes no son libres para contraer un nuevo matrimonio mientras el otro cónyuge permanece con vida. Los pastores y las comunidades cristianas se deben por lo tanto comprometer en promover caminos de reconciliación, también en estas situaciones, o bien, cuando no sea posible, ayudar a las personas afectadas a superar en la fe su difícil situación.
Comentarios teológico morales
Cada vez con más frecuencia se sugiere que la decisión de acercarse o no  a la comunión eucarística por parte de los divorciados vueltos a casar debería dejarse a la iniciativa de la conciencia personal. Este argumento, al que subyace un concepto problemático de “conciencia”, ya fue rechazado en la carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe de 1994. Desde luego, los fieles deben examinar su conciencia en cada celebración eucarística para ver si es posible recibir la sagrada comunión, a la que siempre se opone un pecado grave no confesado. Los fieles tienen el deber de formar su conciencia y de orientarla a la verdad. Para esto, deben prestar obediencia a la voz del Magisterio de la Iglesia que ayuda “a no desviarse de la verdad sobre el bien del hombre, sino a alcanzar con seguridad, especialmente en las cuestiones más difíciles, la verdad y a mantenerse en ella” (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, n. 64).
Cuando los divorciados vueltos a casar están en conciencia convencidos de que su matrimonio anterior no era válido, tal hecho se deberá comprobarse objetivamente, a través de la autoridad judicial competente en materia matrimonial. El matrimonio no es incumbencia exclusiva de los conyugues delante de Dios, sino que, siendo una realidad de la Iglesia, es un sacramento, respecto del cual no toca al individuo decidir su validez, sino a la Iglesia, en la que él se encuentra incorporado mediante la fe y el Bautismo. “Si el matrimonio precedente de unos fieles divorciados y vueltos a casar era válido, en ninguna circunstancia su nueva unión puede considerarse conformé al derecho; por tanto, por motivos intrínsecos, es imposible que reciban los Sacramentos. La conciencia de cada uno está vinculada, sin excepción, a esta norma” (Card. Joseph Ratzinger, “A propósito de algunas objeciones contra la doctrina de la Iglesia sobre de la recepción de la Comunión eucarística por parte de los fieles divorciados y vueltos a casar”, 30 de Noviembre de 2011, http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_19980101_ratzinger-comm-divorced_sp.html),
Igualmente, la doctrina de la epikeia, según la cual, una ley vale en términos generales, pero la acción humana no siempre corresponde totalmente a ella, no puede ser aplicada aquí, puesto que en el caso de la indisolubilidad del matrimonio sacramental se trata de una norma divina que la Iglesia no tiene autoridad para cambiar. Ésta tiene, sin embargo, en la línea del Privilegium Paulinum, la potestad para esclarecer qué condiciones se deben cumplir para que surja el matrimonio indisoluble según las disposiciones de Jesús. Reconociendo esto, ella ha establecido impedimentos matrimoniales, reconocido causas para la nulidad del matrimonio, y ha desarrollado un detallado procedimiento.
Otra tendencia a favor de la admisión de los divorciados vueltos a casar a los sacramentos es la que invoca el argumento de la misericordia. Puesto que Jesús mismo se solidarizó con las personas que sufren, dándoles su amor misericordioso, la misericordia sería por lo tanto un signo especial del auténtico seguimiento de Cristo. Esto es cierto, sin embargo, no es suficiente como argumento teológico-sacramental, puesto que todo el orden sacramental es obra de la misericordia divina y no puede ser revocado invocando el mismo principio que lo sostiene. Además, mediante una invocación objetivamente falsa de la misericordia divina se corre el peligro de banalizar la imagen de Dios, según la cual Dios no podría más que perdonar. Al misterio de Dios pertenece el hecho de que junto a la misericordia están también la santidad y la justicia. Si se esconden estos atributos de Dios y no se toma en serio la realidad del pecado,  tampoco se puede hacer plausible a los hombres su misericordia. Jesús recibió a la mujer adúltera con gran compasión, pero también le dijo: “vete y desde ahora no peques más” (Jn 8,11). La misericordia de Dios no es una dispensa de los mandamientos de Dios y de las disposiciones de la Iglesia. Mejor dicho, ella concede la fuerza de la gracia para su cumplimiento, para levantarse después de una caída y para llevar una vida de perfección de acuerdo a la imagen del Padre celestial.
La solicitud pastoral
Aunque por su propia naturaleza no sea posible admitir a los sacramentos a las personas divorciadas y vueltas a casar, tanto más son necesarios los esfuerzos pastorales hacia estos fieles. Pero se debe tener en cuenta que tales esfuerzos tienen que mantenerse dentro del marco de la Revelación y de los presupuestos de la doctrina de la Iglesia. El camino señalado por la Iglesia para estas personas no es simple. Sin embargo, ellas deben saber y sentir que la Iglesia, como comunidad de salvación, les acompaña en su camino. Cuando los cónyuges se esfuerzan por comprender la praxis de la Iglesia y se abstienen de la comunión, ellos ofrecen a su modo un testimonio a favor de la indisolubilidad del matrimonio.
La solicitud por los divorciados vueltos a casar no se debe reducir a la cuestión  sobre la posibilidad de recibir la comunión sacramental. Se trata de una pastoral global que procura estar a la altura de las diversas situaciones. Es importante al respecto señalar que además de la comunión sacramental existen otras formas de comunión con Dios. La unión con Dios se alcanza cuando el creyente se dirige a Él con fe, esperanza y amor, en el arrepentimiento y la oración. Dios puede conceder su cercanía y su salvación a los hombres por diversos caminos, aún cuando se encuentran en una situación de vida contradictoria. Como ininterrumpidamente subrayan los recientes documentos del Magisterio, los pastores y las comunidades cristianas están llamados a acoger abierta y cordialmente a los hombres en situaciones irregulares, a permanecer a su lado con empatía, procurando ayudarles, y dejándoles sentir el amor del Buen Pastor. Una pastoral fundada en la verdad y en el amor encontrará siempre y de nuevo los caminos legítimos por recorrer y formas más justa para actuar.
  S.E. Mons. Gerhard L. Müller
23 de octubre de 2013

Fuente: L´Osservatore Romano, en Español

Saturday, October 12, 2013

Mons. Gänswein: “Soy el puente entre los dos Papas, su diversidad es una riqueza para la Iglesia”


*
frbxvi
*
En este artículo de Angela Ambrogetti, podemos conocer algunas recientes declaraciones del Arzobispo Georg Gänswein, Prefecto de la Casa Pontificia y secretario privado del Papa Benedicto XVI, sobre la renuncia del Papa emérito y la relación entre el Papa Francisco y su Predecesor.
***
Una vida al servicio de dos Papas. El de monseñor Georg Gänswein es realmente un rol insólito en la historia del papado. Prefecto de la Casa Pontificia para el Papa Francisco y secretario particular para el Papa Benedicto. Al mismo tiempo. Un desafío pero también un observatorio que le permite ayudarnos a leer el paso y la convivencia entre dos pontífices.

En los últimos meses, después de mucho discreto silencio, ha comenzado a contar un poco también de este mes de febrero del 2013 que ha marcado su historia y su vida. Al semanario alemán Bunte ha querido explicar que la renuncia de Benedicto no tiene nada que ver con vatileaks. “He tratado de hacerle cambiar de idea, sin lograrlo. Había tomado una decisión”. Un momento difícil de vivir el de aquel 28 de febrero: “me sentía como en una anestesia”, dice el arzobispo que, en septiembre, tomó posesión del título de Urbisaglia con una festiva celebración en el pueblo, y que ahora está preparado para explicar un poco sobre la relación entre los dos Papas.

“Mi rol – dice – es el de Prefecto de la Casa Pontificia, pero, por como se ha desarrollado la vida, la realidad es que hoy hay dos Papas, el Papa reinante y el Papa emérito. Vivo con el Papa emérito y trabajo con el Papa Francisco, estoy casi todos los días con los dos, de hecho soy un poco el puente entre ellos. Es normal. Es algo que ciertamente no he buscado, no se sabía que pudiera existir, pero ahora es así y lo veo como un compromiso, un desafío y también una gracia. Trataré de hacerlo bien porque no hay precedentes y debo encontrar la manera correcta, y este es un bello desafío”.

Dos personalidades diferentes la de Benedicto y la de Francisco pero, dice Gänswein, “la diversidad es también una riqueza. Pero a menudo, hasta ahora, la diversidad entre los dos Pontífices ha sido utilizada para crear una antítesis. Psicológicamente tal vez esto puede ser un primer acercamiento, pero no funciona. Y personalmente pienso que, si no hubiese estado la renuncia del Papa Benedicto, el impacto emotivo del Papa Francisco no habría sido posible de esta manera. Entre los dos hay una continuidad no sólo teológica, sino también un entendimiento humano. Se ve que viven su fe de modo auténtico, pero con expresiones diversas”.

¿Hay todavía mucho afecto en torno al Papa Benedicto? “Sí, mucho. Esto resulta también de las muchas, muchísimas cartas que llegan para Benedicto XVI, permanezco casi todas las noches hasta tarde clasificando y preparando el correo. Él tiene un gran interés por el correo personal y lo lee con atención y responde a menudo personalmente. El correo llega de todo el mundo. De Alemania, ciertamente, pero hay también muchos italianos, muchos de lengua francesa, española e inglesa que escriben a Benedicto. Muchas son cartas de agradecimiento, a menudo acompañadas con fotos, cuadros y otros pequeños regalos. Al comienzo algunos escribían realmente traumatizados por la noticia de la renuncia. Ahora llegan muchos agradecimientos o incluso cuentan cómo han vivido este `trauma´ y cómo lo han superado, y agradecen al Papa emérito, le demuestran su afecto. Con mucha serenidad aseguran oraciones por los dos Pontífices”.

Nos habituaremos a tener más Papas juntos en el Vaticano. ¿Prevé un nuevo ejercicio del ministerio petrino? “Entre el Papa Francisco y su Predecesor hay una simpatía espontánea, varias veces compartida visiblemente. Cuando he recibido al Papa Francisco a la vuelta del viaje a Brasil, me ha dicho: `He hablado mucho con los periodistas, también del Papa Benedicto, tal vez demasiado, ¡he hablado del abuelo sabio que tenemos en casa!´. La abuela del Papa Bergoglio era una persona clave para su vida y era como una brújula, y para él hablar así es un gran signo de estima y de afecto. No creo que el ejercicio del ministerio petrino haya cambiado porque en el Vaticano viva el Papa emérito, pero es evidente que con la renuncia de Benedicto se ha creado una cierta novedad sobre el ministerio petrino. Si ya no es posible para un Papa llevar a cabo su servicio, su misión, está la posibilidad, que por otro lado existe desde siempre, de renunciar. Se trata de una experiencia nueva para todos. Es un desafío tanto espiritual como teológico e histórico”.

¿Veremos a los dos Papas juntos en la canonización de Juan Pablo II? “No soy un profeta. No lo sé. Veremos”.

¿Cómo era la relación entre Juan Pablo II y Joseph Ratzinger, su amigo de confianza? “El pontificado de Juan Pablo II ha tenido en el cardenal Ratzinger su pilar teológico. En las cuestiones doctrinales Juan Pablo II ha confiado plenamente en Ratzinger. Hay muchísimas ejemplos concretos. Así ha crecido una confianza mutua y persiste una estima absoluta del Papa Benedicto. Al hablar de Juan Pablo II, lo definía sencillamente `el Papa´. Él ha tenido un largo pontificado de casi veinte años con plena fuerza y luego un período de sufrimiento, casi tan largo como el entero pontificado de Benedicto. Y Ratzinger no quería copiar. Personalidades diversas, sin embargo, con una sintonía interna increíble. Juan Pablo II es, probablemente, la persona que el Papa Benedicto más estima en el mundo”.

***
Fuente: Korazym

Traducción: La Buhardilla de Jerónimo

Tuesday, October 1, 2013


RESUMEN CRONOLÓGICO DE LA
VIDA DE SAN FRANCISCO DE ASÍS

por Gratien de París, o.f.m.cap.

Advertimos al lector que, del amplio aparato de notas que lleva el libro, aquí suprimimos muchas de ellas, así como las numerosas referencias bibliográficas.

San Francisco nació en Asís hacia el fin del año 1181 o comienzo del 1182. Llamábase su madre Pica, y Pietro Bernardone su padre (1). Bernardone, acaudalado comerciante en paños, se hallaba en Francia, en viaje de negocios, cuando Pica dio a luz a este hijo al que se impuso el nombre de Juan. El padre, a su vuelta, le añadió el de Francisco en recuerdo del bello país que acababa de visitar.

Pietro Bernardone, absorbido por sus negocios, dejó la educación del niño en manos de Pica, mujer de gran virtud, que se entregó de corazón a cometido tan delicado; y tan bien logró formar el alma de su hijo que cuantos conocían la conducta de Francisco le presagiaban el porvenir más halagüeño. La instrucción que recibió del sacerdote de la pequeña iglesia de San Jorge tendía a preparar al futuro comerciante, pues aprendió con él lectura, escritura y cálculo, aparte de algunas nociones de latín. El mismo Bernardone debió enseñarle la lengua que él a su vez aprendiera en sus permanencias en Francia. Y muy temprano, apenas salido de la infancia, hacia los quince años, se vio Francisco asociado al negocio de su padre.

El joven comerciante se manifiesta hábil y afortunado, pero al mismo tiempo sigue los impulsos de su temperamento ávido de gloria y de placer. No había cumplido aún los veinte años, cuando estalló la guerra entre Perusa y Asís, lucha en que al punto se alistó, siendo hecho prisionero (1202). Recobrada la libertad a fines de 1203, volvió a su vida habitual.

Su ardor belicoso vuelve de nuevo a despertar al anuncio de una expedición militar a Apulia. Sonríe a Francisco el ensueño de hacerse armar caballero en el campo de batalla, combatiendo a las órdenes de Gualtiero III de Brienna, y con esta ilusión parte; mas pronto se detiene en su camino, muy cerca todavía de Asís, en Espoleto. Una visión le orienta hacia otro destino, y bruscamente vuelve a su ciudad natal.

En 1206 se entrega totalmente al servicio de Dios y renuncia a la herencia paterna para llevar durante dos años una vida eremítica, dedicado a reparar las iglesias de San Damián, San Pedro y Santa María de los Ángeles, capillita esta última donde, a fines del 1208 o comienzos del 1209, comprende plenamente su vocación. Por este título la humilde capilla ha merecido ser considerada como cuna de la Orden de Frailes Menores.

No soñaba entonces el joven convertido con ser fundador de una Orden nueva. Su vida penitente, tan opuesta a sus costumbres de antaño, sólo suscitó al principio compasión y burla. Sin embargo los espíritus reflexivos vieron en él los caracteres de la santidad verdadera y pronto se vio rodeado de discípulos; fue el primero Bernardo de Quintavalle, que no vaciló en vender todos sus bienes y distribuirlos entre los pobres; y luego Pedro Catáneo. Tomaron el mismo hábito que Francisco y vivieron con él, esforzándose en seguir a la letra los consejos evangélicos (2).

Francisco, Bernardo y Pedro se instalaron en Rivo Torto, donde se les unió Fray Gil, también de Asís. A pesar de las burlas y befas de sus conciudadanos, los nuevos penitentes formaron un pequeño grupo que poco a poco fue en aumento. Comprendió Francisco que a cada momento necesitaba una norma de vida algo más precisa, y sencillamente, y en pocas palabras, redactó una Regla para sí y los suyos, utilizando preferentemente las palabras del Evangelio, cuya perfección era su aspiración única; y con sus compañeros, ya en número de once, se dirigió a Roma en busca de la aprobación pontificia. Viva fue la oposición del Sacro Colegio de Cardenales contra aquel lego, que con sobrada facilidad abandonaba las formas tradicionales de vida religiosa; pero las prudentes palabras del Cardenal Juan de San Pablo disiparon las dudas del Papa. Inocencio III reconoció en Francisco al hombre de Dios; lo abrazó, aprobó verbalmente su Regla, y le dio autorización para predicar penitencia. Idéntico privilegio se concedió a sus discípulos, pero condicionado a la previa autorización de Francisco. Finalmente, el Papa le invitó a volver cuando el número de sus frailes hubiese aumentado. El Santo prometió obediencia al Vicario de Jesucristo, y los demás frailes la prometieron a Francisco. Fue ésta la primera profesión de la Orden (3).

¿Estaba Inocencio III plenamente convencido de la misión de Francisco...? Puede dudarse de ello desde el momento que se contentó con una aprobación meramente verbal, aunque prometiéndole más amplios favores si la experiencia venía a llenar las esperanzas que el humilde grupo de asisienses suscitara. Era lo prudente; pero por lo menos se había hecho cargo de la grandeza e importancia de miras de San Francisco respecto a la reforma de la Iglesia; y en consecuencia le amparó con su protección y aseguró sus primeros pasos.

Sin modificación alguna sustancial, y por el mero hecho de la aprobación, la Fraternidad de Penitentes de Asís se transformaba en una Orden Religiosa. La Orden de Frailes Menores estaba ya fundada (1210).

Después de recibir la bendición del Pontífice, Francisco y sus compañeros visitaron el sepulcro de los Apóstoles. El Cardenal Juan de San Pablo confirió a todos la tonsura, agregándolos con ello a la jerarquía eclesiástica, después de lo cual los Penitentes de Asís abandonaron la ciudad eterna.

Italia fue el primer teatro del celo de San Francisco; Italia y especialmente Umbría, teniendo como centro a Rivo Torto, que bien pronto abandonaron para instalarse en Santa María de los Ángeles. Esta capilla, llamada también laPorciúncula, les fue concedida a perpetuidad, mediante un censo módico, por el Abad del Monte Subasio (Observancia de Cluny). En torno a ella se levantaron algunas cabañas, y para clausura se plantó un seto. Un asisiense rico, Jacobo de Filippo, les cedió un vasto terreno, que más adelante habría de serles útil con motivo de los Capítulos Generales. De la Porciúncula hacían sus salidas los nuevos predicadores para evangelizar las campiñas vecinas, siendo Asís la primera en beneficiarse con esta predicación y recobrar la paz.

No limitó Francisco su celo a edificar a su ciudad natal solamente; también recibieron su visita otras ciudades: Perusa, Cortona, Imola, Bevagna, Alviano, Ascoli, Arezzo, Florencia, Pisa, Satriano, Sena, que sucesivamente fueron evangelizadas. Sus discípulos imitaron su celo y compartieron sus trabajos. A Bernardo de Quintavalle cupo la suerte de implantar en Bolonia la Orden de Frailes Menores.

De vuelta a Asís, a principios de la Cuaresma de 1212, Francisco fundó con Clara de Asís, jovencita de dieciocho años de edad, una segunda Orden, la de las Damas Pobres.

Pero Italia ya no era suficiente al celo de San Francisco, que ambicionaba la gloria del martirio. Era la época de las Cruzadas, y en este año, 1212, partían para Tierra Santa gran número de cruzados. No habían dirigido todavía sus esfuerzos a los países orientales misioneros de ninguna clase. Únicamente los pueblos del Norte: Eslavos, Escandinavos y Lituanos habían recibido a los apóstoles del Evangelio. En Oriente, tan sólo a los cismáticos griegos y sectas heréticas, jacobitas, armenios y nestorianos, se les invitaba a ingresar en la unidad católica.

A los musulmanes se pretendía reducir por la fuerza de las armas; nadie pensaba en convertirlos. San Francisco concibió este grandioso proyecto, que nadie jamás había sabido realizar, y dedicó un capítulo de su Regla a "los que quieren ir entre los Sarracenos" (1 R 16; 2 R 12). Por lo demás, es el primero en dar ejemplo. Nombra a Pedro Catáneo Vicario General y se embarca para Siria (4). Pero la tempestad dirige su navío a las costas de Iliria, de donde, por imposibilidad de ir al Oriente, Francisco vuelve a Ancona, y llega a la Porciúncula (invierno 1212-1213), acompañado de nuevos discípulos (1 Cel 55; LM 9,5).

Emprende de nuevo sus correrías apostólicas. El 8 de mayo de 1213 se encuentra en Montefieltro, en el condado de Urbino, donde el conde Orlando dei Cattanei le hace donación del monte Alvernia para que en él levante un convento. Francisco lo acepta, y encarga a dos frailes que reconozcan el terreno y se ocupen de la obra. Él, por su parte, ardiendo siempre en ansias de martirio, decide emprender la evangelización de los Moros, contra quienes los cristianos acababan de obtener la célebre victoria de las Navas de Tolosa (julio 1212). Llega a España con Bernardo de Quintavalle y algunos otros compañeros, pero se ve forzado por la enfermedad a interrumpir su viaje y volver a Italia (1 Cel 56-57).

El tiempo transcurrido entre esta vuelta de España y 1216 es la época más obscura de la vida de San Francisco. Parece indudable que continuó entregado al apostolado hasta donde sus fuerzas se lo permitieron. Puede también admitirse que en 1215 marchara a Roma, donde tenía lugar el IV Concilio Ecuménico de Letrán, y debió ser entonces cuando se encontró con Santo Domingo, que acababa de solicitar la aprobación pontificia para su Orden de Frailes Predicadores.

El Concilio comenzó el mes de noviembre de 1215. Las deliberaciones versaron sobre los preparativos de una nueva Cruzada, la unión de las Iglesias griega y latina, la disciplina, la condenación de las nuevas herejías, y la fundación de Órdenes Religiosas. El Canon XIII ordenó que en adelante no se admitiese la fundación de Orden Religiosa alguna, y que, de instituirse alguna, debiese ésta elegir la Regla de alguna de las Órdenes ya aprobadas. En consecuencia, Santo Domingo debió volverse sin la anhelada confirmación; pero en lo que a la Orden de Frailes Menores respecta, el mismo Soberano Pontífice anunció al Concilio que él mismo la había aprobado ya antes verbalmente.

Después del Capítulo de Pentecostés (1216), Francisco se hallaba en Perusa, cuando moría Inocencio III (5). ¿Asistió a la elección de su sucesor Honorio III? Desde luego hay documentos contemporáneos que nos lo presentan días después de la elección al lado del nuevo Pontífice. Acompañado de Fray Maseo, venía a solicitar de él una indulgencia para todos los que visitasen la capilla de la Porciúncula el día de su consagración, petición a la que Honorio III accedió gustoso, y el 2 de agosto siguiente tuvo lugar la solemne dedicación de Nuestra Señora de los Ángeles, fiesta en que Francisco, en nombre del Papa, promulgó el favor que acababa de obtener (6).

Tampoco sabemos, de cierto, nada de lo que Francisco hiciera desde agosto de 1216 hasta Pentecostés de 1217. El Capítulo de este último año se hizo notar por dos medidas importantes: la institución de Provincias y Ministros Provinciales, y la organización de las primeras grandes Misiones fuera de Italia y en Oriente.

Francisco eligió para campo de su apostolado a Francia, y junto con algunos compañeros se puso en camino hacia el país que le diera su nombre, y al que amaba con predilección por su espíritu católico y su gran devoción a la Santa Eucaristía. Al pasar por Florencia supo que en ella se hallaba el Legado Pontificio, el Cardenal Hugolino. El Cardenal y el Santo no estaban todavía unidos por aquella amistad que más adelante tan íntimamente los había de estrechar, aunque para entonces ya se conocían; pero la fama de santidad de Francisco le había conquistado ya el afecto del Prelado, que se recomendó humildemente a sus oraciones, ofreciéndole en cambio su protección. El Cardenal vino a ser, de esta manera, el consejero afectuoso y devoto del joven Fundador. Comenzó por disuadirle de continuar su viaje al otro lado de los Alpes, y Francisco, dócilmente, volvió a tomar el camino de Asís, y a predicar de nuevo en la Península.

Los frailes que enviara a España, Francia y Alemania volvieron descorazonados. Súpolo Hugolino, y al momento, junto con Francisco, se presentó a Honorio III, el cual accedió gustoso a darle oficialmente el título de Protector y Defensor de los Frailes Menores. Todos estos sucesos acaecieron probablemente durante el año 1218, y ciertamente antes del Capítulo tan importante de 1219, conocido en la historia con el nombre de Capítulo de las Esteras (7). Una vez más se organizaron en él las Misiones con nuevos misioneros, que partieron en todas direcciones, exceptuadas Alemania e Inglaterra.

El Santo, que no había renunciado a predicar la fe a los infieles, decidió seguir la nueva Cruzada, cuyos esfuerzos dirigió Honorio III hacia Egipto, y, trasmitiendo sus poderes en la Orden a dos Vicarios Generales: Mateo de Narni y Gregorio de Nápoles (el primero de los cuales quedaría en la Porciúncula para recibir allí a los postulantes y formar los novicios, mientras el segundo recorrería Italia y visitaría a los frailes), se embarcó en Ancona con algunos compañeros, entre los cuales se encontraban Pedro Catáneo e Iluminado de Rieti. Apenas llegó a Egipto, intentó lograr la unión entre los mismos Cruzados, los cuales, por haber desechado sus consejos, fueron derrotados el 9 de agosto de 1219.

Tres meses más tarde eran a su vez vencedores y se apoderaban de Damieta (5 de noviembre de 1219). Al hacer el reparto de los diferentes barrios de la ciudad, asignaron a los Frailes Menores, compañeros de San Francisco, una iglesia con casa contigua. Pero el Santo, que por otra parte había fracasado en su intento de convertir al sultán Malek-el-Kamel, e indignado por la conducta de los Cruzados, los abandonó, según una tradición que nadie niega, para visitar los Santos Lugares. Allí es donde un fraile llegado de Italia le puso al corriente de las turbulencias suscitadas por la administración de los dos Vicarios Generales, y por los cambios que trataban de introducir en la vida de los Frailes Menores. Estas alarmantes noticias le decidieron a volverse a Italia, llevando consigo a Pedro Catáneo, Elías, Cesáreo de Espira y algunos otros (8).

Grandes debieron ser la inquietud y pena que sintiera Francisco al saber las modificaciones con tanta audacia impuestas a su obra, pues, a su vuelta a Italia -nos dice Jordán de Giano-, bien informado de lo ocurrido en su ausencia, marchó directamente, no a los perturbadores, sino al mismo Papa.

Su primera demanda fue pedirle alguien que en su nombre le asistiese en el gobierno de la Orden, para lo cual Honorio señaló al Cardenal Hugolino, ya antes designado como Protector contra la hostilidad de los Prelados. Confióle Francisco su pena, y le rogó suprimiese todas las innovaciones introducidas en su ausencia. Se le concedió lo que pedía; pero esta dura prueba le hizo ver cómo su Orden necesitaba de una organización más firme. Y como él, abrumado por las enfermedades, se sentía incapaz de realizarla, en el Capítulo de San Miguel (29 de septiembre) de este mismo año (1220 probablemente) presentó su dimisión; y nombró a Pedro Catáneo, no sólo por Vicario General, sino como verdadero Ministro General (9).

Pedro Catáneo murió el 10 de marzo de 1221, y para reemplazarlo nombró Francisco a Fray Elías, que presidió ya el Capítulo General de este año (10). A este Capítulo asistió el Cardenal Raynerio, obispo de Viterbo, acompañado de varios otros obispos y religiosos de diversas órdenes. Duró siete días con una concurrencia de tres mil frailes, siendo el último en que se reunieron todos los religiosos, profesos, novicios, superiores y súbditos. Organizóse en él una nueva misión en Alemania, abandonada después del fracaso de 1217. Durante este año de 1221 aparece ya como una organización poderosa la Tercera Orden, conocida entonces con el nombre de Orden de Penitencia. Los sufrimientos que Francisco tiene que soportar son incesantes, pero a pesar de ellos continúa sus predicaciones por la Península. En 1222 predica en Bolonia el día de la Asunción. En junio del año siguiente evangeliza Greccio y Perusa. Pero este año de 1223 es piedra miliaria en la vida de San Francisco, como en la historia de la Orden, por un acontecimiento de capital importancia: la aprobación y confirmación solemne de la Regla.

Durante el Capítulo de Pentecostés de 1224, último a que acudió Francisco, se entregó la nueva Regla a los Ministros. De él partió también Fray Agnelo de Pisa, hasta entonces Custodio de París, con otros tres clérigos y cinco legos de Francia, para la misión de Inglaterra, que en este Capítulo se resolvió emprender. El 11 de septiembre de 1224 desembarcaron en Dóver. Días más tarde, el 17 de septiembre, recibía Francisco en el Alvernia el incomparable beneficio de las Llagas. Este monte, que había sido al mismo tiempo su Tabor y su Calvario, recibía su último adiós el día siguiente a la fiesta de San Miguel (30 de septiembre). Cuando volvió a la Porciúncula, hubo algunos frailes que, a pesar de todos sus esfuerzos por ocultarlas, pudieron ver o tocar sus santas Llagas (11).

De día en día sus enfermedades recrudecían; pero ni los dolores, a quienes llamaba "sus hermanos", amenguaban su celo apostólico; veíasele en efecto, montado en un asno, recorrer aldeas y ciudades. Empero su debilidad iba en aumento, tanto que poco a poco llegó a perder hasta la vista; y sólo a repetidas instancias de Fray Elías decidió por fin dejarse cuidar. Se levantó para él una celdilla hecha de ramaje cerca de San Damián, donde moraban Clara y sus compañeras; sin embargo ni todos sus cuidados bastaron a curarle. Fue entonces cuando en medio de sufrimientos continuos, compuso el admirable poema llamado Cántico del Sol o Laudes de las criaturas (2 Cel 213-217). Al ver que los males del paciente no disminuían, lo hizo Fray Elías conducir a Fonte-Colombo y Rieti, para ponerlo en manos de un afamado médico especialista, siendo los encargados de velar por él cuatro frailes a quienes él amaba tiernamente, y cuyos nombres nos han sido conservados por la tradición: Fray León, Fray Ángel, Fray Rufino y Fray Maseo, que se esmeraron con la más filial solicitud por dulcificar sus dolores corporales y las angustias de su espíritu.

Francisco no permaneció en Rieti, ya que por el biógrafo oficial sabemos que estuvo algún tiempo en Greccio. Pero en vista de que nada podía atenuar sus dolores, fue llevado a Sena para ponerlo en manos de un nuevo médico. Allí, en un eremitorio situado a las puertas de la ciudad, debió pasar probablemente el invierno de 1225-1226.

En el mes de abril de este último año le sobrevinieron tan fuertes vómitos de sangre que se creyó llegada su hora postrera.

Acudió Fray Elías al saberlo, y como entonces se produjese cierta mejoría, el Santo abandonó Sena para ir al eremitorio de las Celle, cerca de Cortona, donde, según toda verosimilitud, redactó su Testamento.

Pocos días debió permanecer Francisco en Cortona. Declarósele una hidropesía, y el estómago se negaba a retener alimento alguno; en vista de lo cual quiso el Santo regresar cuanto antes a su ciudad natal. Para burlar cualquier audaz golpe de mano de los habitantes de Perusa, que quizás no hubieran vacilado ante ningún medio, a trueque de asegurarse aquella preciosa reliquia del cuerpo del Santo después de su muerte, la piadosa caravana, con protección de escolta armada, tomó el camino de Gubbio, Nocera, Satriano y llegó a Asís, donde fue hospedado en el palacio del Obispo.

La muerte se aproximaba ya a grandes pasos. A la hinchazón que se había producido en Cortona, sucedió una delgadez extremada, y la ceguera llegó a ser casi completa. Reunió entonces Francisco en torno suyo a todos sus Hermanos, los bendijo, comenzando por el Ministro General, y hablóles con ternura y fervor de aquel humilde santuario de Nuestra Señora de los Ángeles, donde se había desposado con la Pobreza, de aquella cuna de la Orden que fue testigo de la vida evangélica de sus primeros discípulos, y que también quería fuese testigo de su muerte. Éste su deseo fue atendido. El Obispo no osó retenerlo, y los fieles compañeros, cargados con su preciada carga, se dirigieron hacia la Porciúncula. Cuando llegaron a la mitad del camino, en el Hospital de los Crucígeros, desde donde se abarca toda la ciudad de un solo golpe de vista, Francisco de Asís envió a su ciudad natal su adiós postrero con una última bendición.

En este su querido santuario de la Porciúncula es donde Francisco esperó la llegada de la muerte. Consoló una vez más a Clara y sus monjas, recibió la visita de Jacoba de Settesoli, y bendijo de manera especial al primogénito de la Orden, Bernardo de Quintavalle (2 Cel 214; 3 Cel 37-39).

Fiel hasta la muerte a su Dama la Pobreza, se hizo despojar de sus vestidos y extender desnudo sobre la tierra. Vestido luego de un hábito hecho con la tela traída por la hermana "Fray Jacoba", dio sus últimos consejos, y acordándose de la Última Cena del Señor, a imitación de Jesús, bendijo un pan y lo repartió entre sus discípulos. Pasó aún algunos días en la intimidad con sus compañeros, cantando con ellos el Cántico al Sol, al que añadió una estrofa en honor de "Nuestra Hermana la Muerte".

Por fin, al atardecer del sábado 3 de octubre de 1226, sintió los primeros abrazos de la muerte, y después de entonar el Salmo Voce mea ad Dominum clamavi se hizo colocar nuevamente en el desnudo suelo delante de todos los frailes reunidos, y mientras a petición suya se leía el Capítulo 13 del Evangelio de San Juan: Antes de la fiesta de la Pascua, el fiel amante de la Pobreza entregó su alma a Dios.

Tenía entonces Francisco 45 años y, desde el día en que, consagrándose perfectamente a Cristo, se había obligado deliberadamente a seguir las huellas de los Apóstoles para restaurar en la sociedad cristiana la vida evangélica, habían transcurrido veinte años.

El deseo de San Francisco había sido reposar en la capilla de la Porciúncula, pero los asisienses, temerosos de que se les robara tan preciosa reliquia, rogaron a Fray Elías se le enterrase en la iglesia de San Jorge, que, como situada dentro de la ciudad, estaba menos expuesta a peligro de violación. Y en efecto, depositado el cuerpo del Santo en su ataúd, fue llevado con solemne comitiva a su nueva morada, pasando por San Damián, para dar a Sor Clara y sus compañeras el consuelo de venerarlo por última vez.

Por los cuidados de Fray Elías fue luego colocado en el interior de la iglesia, en un sarcófago de piedra abierto, pero rodeado de un enrejado de hierro, y todo ello, rejas y sarcófago, encerrado en un arca de madera provista de tapa con bisagras y cerradura. Merced a esta disposición, el precioso tesoro quedaba visible al levantarse la tapa, estando al mismo tiempo protegido contra piadosos atentados de una devoción indiscreta. Por lo demás esta tumba sólo era provisional. Fray Elías tenía ya el proyecto de levantar al Santo un monumento más digno de su memoria. El Cardenal Hugolino, elevado al Pontificado con el nombre de Gregorio IX, le animó en su empresa en el Capítulo de 1227, que nombró Ministro General a Juan Parenti.

Fray Elías, encargado de la ejecución del plan que él mismo había ideado, puso manos a la obra con todo entusiasmo. Un señor rico de Asís, llamado Simón Puzzarelli, donó un terreno situado al Este de la ciudad, sobre elCollis inferni (la colina del infierno), para que en él levantase «un oratorio, o iglesia, o cualquier otra construcción destinada a recibir el cuerpo de San Francisco», según expresa el acta de donación de 29 de marzo de 1228. La voz popular canonizaba ya al Fundador de los Menores; no podía tardar mucho la canonización oficial.

El Papa, obligado a abandonar Roma a consecuencia de una sedición, había venido a Asís, acompañado del Sacro Colegio, y después de examinar los milagros atribuidos a Francisco, procedió a la canonización del que había sido su amigo, teniendo lugar la ceremonia el 16 de julio de 1228. Al día siguiente el Pontífice puso personalmente la primera piedra de la nueva iglesia, y la Colina del infierno tomó desde entonces el nombre de Colina del Paraíso. Empero, esta glorificación no parecía suficiente a Gregorio IX, y por la Bula Mira circa Nos de 19 de julio, publicó la canonización de San Francisco, y ordenó a todas las diócesis celebrar su fiesta el 4 de octubre, orden que se reiteró más adelante, en una y otra Iglesia por la Bula Sicut phialae aureae (12).

Por esta misma época el Papa encargó a Tomás de Celano escribiese la biografía del Santo, conocida después bajo el nombre de Vida primera, que él aprobó el 25 de julio del año siguiente (1229).

Por su parte Fray Elías imprimía enérgico impulso a los trabajos de construcción sobre la Colina del Paraíso. El arquitecto había resuelto vaciar lo que era propiamente el sepulcro en la roca misma, y sobre él habían de levantarse dos iglesias superpuestas: la una de bóvedas rebajadas, la otra esbelta y más elevada. Los tiempos posteriores vieron en la primera el símbolo de la vida penitente y laboriosa de Francisco, y en la segunda el de su vida transfigurada. Para principios de 1230, esto es, antes de los dos años de colocada la primera piedra, la iglesia inferior estaba casi terminada, y Gregorio IX, por la Bula Is qui ecclesiam, la declaró Caput et Mater de toda la Orden, poniéndola bajo la protección de la Santa Sede, y concediéndole numerosos privilegios, entre otros el de poder celebrarse en ella los oficios en tiempo de entredicho general. Autorizado por el Soberano Pontífice el traslado del cuerpo de San Francisco, se convocó con este motivo el Capítulo General; pero Gregorio IX no pudo cumplir su promesa de presidir esta solemnidad, para cuya celebración había ya concedido nuevas indulgencias. Dejó la presidencia al Ministro General, haciéndose él representar por tres Legados que de su parte llevaron riquísimos presentes y una suma importante destinada a continuar las obras.

La ceremonia, fijada para la Vigilia de Pentecostés, fue grandiosa. Más de dos mil frailes, al decir de un cronista, estaban presentes en Asís, que se hallaba ya repleta de gran multitud de gentes llegadas de los alrededores. El día señalado, 25 de mayo de 1230, se puso en marcha el cortejo. El carro triunfal, salido de San Jorge, avanzaba lentamente por las calles estrechas en que se amontonaba la multitud compacta de frailes y pueblo. Todos querían ver y tocar el sarcófago de piedra que, rodeado de su enrejado de hierro, había sido sacado, tal cual estaba, de la iglesia de San Jorge, con el santo cuerpo que contenía. Como siempre en semejantes ocasiones, hubo atropellos y gritos, tanto que el Podestá y Fray Elías hubieron de hacer intervenir a la milicia comunal para que despejara las vías de acceso a la Basílica. Las puertas de ésta se cerraron, y la urna sepulcral donde reposaba al descubierto el cuerpo del Santo, siempre protegida por el enrejado de hierro, fue colocada en un pequeño nicho cuadrado, preparado de antemano en la intersección de la nave y el crucero, y practicado en la misma roca que forma el suelo de la iglesia inferior. Encima se levantó un altar provisional.

El tumulto y la precipitación entre los que se había realizado la ceremonia, decepcionaron y dejaron descontentos en sumo grado a los Legados y a los religiosos. Se elevaron quejas al Soberano Pontífice, presentándole los acontecimientos bajo los colores de una profanación atrevida. Gregorio IX manifestó por ello su indignación, e infligió severas penas a los frailes y al Podestá de la ciudad (Bula Speravimus, de 16 de junio de 1230, BF, t. I, p. 66). Pero, dadas las explicaciones que redujeron el incidente a sus justas proporciones, se concluyó el asunto.

Fray Elías no reanudó los trabajos hasta dos años más tarde, y ya en 1236, la iglesia superior estaba casi concluida. Sus bóvedas y muros, como los de la iglesia inferior, se cubrieron muy pronto de frescos, en que la pintura italiana cobró nueva vida, como augurio de la maravillosa influencia que San Francisco iba a ejercer en la civilización moderna (13).

* * *

NOTAS:

1) Nada de cierto se sabe acerca de la familia de Pietro Bernardone, ni del origen provenzal y noble de Pica. El nombre de Francisco no era desusado a fines del siglo XI.

2) Bernardo de Quintavalle es considerado como el primer discípulo de San Francisco. San Buenaventura dice también al hablar de él: «El primero de entre ellos fue el venerable Bernardo, quien, hecho partícipe de la vocación divina, mereció ser el primogénito del santo Padre tanto por la prioridad del tiempo como por la prerrogativa de su santidad» (LM 3,3). Tomás de Celano hace, sin embargo, mención de otro discípulo anterior a Bernardo (1 Cel 24), diciendo de este último «que fue el segundo en la Orden» (2 Cel 48).

Tomás de Celano, en sus dos leyendas, no cita sino a Bernardo como compañero de San Francisco en el momento de consultar el santo Evangelio. Del mismo modo San Buenaventura (LM 3,3). Pedro, que fue el segundo discípulo de San Francisco, ¿es el mismo Pedro de Catania, canónigo de la Catedral de Asís, jurisconsulto distinguido y más tarde Vicario del Santo Fundador? Así lo afirma la tradición, aunque es una cuestión muy debatida.

3) Según las más antiguas fuentes, San Francisco fue a Roma con once discípulos, siendo él el duodécimo.

4) Tomás de Celano nos dice (2 Cel 143) que Francisco resignó su cargo «a pocos años de su conversión». Por otra parte, no es posible admitir que el Santo Fundador dejase su Orden sin dirección alguna y sin jefe en el momento en que emprendía sus grandes peregrinaciones e iba, según creía, en busca de la muerte. Por lo que a esta época debe remontarse la institución del Vicario General, con carácter temporal al menos, mientras Francisco estuviese ausente. Wadingo, siguiendo a Mariano de Florencia, dice que Francisco, antes de emprender su viaje a Siria, fue a Roma a informar al Papa del estado de su Orden y pedirle permiso para partir. En este viaje se debió encontrar con la ilustre bienhechora de los Frailes Menores Jacoba de Settesoli. Ésta habría obtenido de los Benedictinos de San Cosme in Transtevere, la concesión de algunos edificios que pudiesen servir de conventos a los Frailes Menores, esto es, el convento actualmente conocido con el nombre de San Francesco a Ripa. Todo esto es muy verosímil; sin embargo, los primeros historiadores lo silencian, y cuando Francisco estuvo de paso para Roma en 1223, se hospedó en el palacio del Cardenal León Brancaleone (cf. 2 Cel 119). Vemos también a Fray Gil permanecer durante algún tiempo entre los Camaldulenses de Santi Quattro en el Coelius (XXIV Generales, en AF, t. III, p. 81). Los frailes no tenían, pues, domicilio fijo en Roma. En todo caso, tan sólo más adelante, después de la muerte de Francisco les habrían cedido el hospicio de San Blas, como se desprende claramente de la Bula de Gregorio IX, de 23 de julio de 1229 (cf. Bull. Fran., t. I, p. 50).

5) Cf. Eccleston, p. 119.- Contra lo que dice Wadingo (ad annum 1216), este Capítulo no fue el primer Capítulo general. No es admisible que San Francisco hubiese comenzado los primeros ensayos de misiones en Siria y en España sin haber antes reunido a sus discípulos en asambleas generales. Tenemos otra prueba de ello en la interesante carta que Jacobo de Vitry escribía a sus amigos en 1216. En el mes de julio de este año, Jacobo de Vitry se encontraba en Perusa, donde se hallaba agonizando Inocencio III. En esta época es cuando se encuentra por primera vez con los Frailes Menores. Su vida evangélica le consoló de los escándalos de la corte pontificia, hasta el punto de considerar a la Orden naciente como la esperanza de la Cristiandad. Brevemente describe su género de vida, y habla de los capítulos como de reuniones habituales del nuevo Instituto: «Los hombres de esta religión, una vez al año, y por cierto para gran provecho suyo, se reúnen en un lugar determinado para alegrarse en el Señor y comer juntos, y con el consejo de santos varones redactan y promulgan algunas santas constituciones, que son confirmadas por el señor papa» (cf. BAC, p. 964). Notemos de paso que la Porciúncula, en los orígenes, no fue el lugar donde precisamente debía congregarse el Capítulo. Según cierto documento digno de fe (cf. Misc. Fran., t. X, pp. 3-8), se celebró un Capítulo en Gubbio, cerca del monasterio benedictino de San Verecundo, que proporcionó los víveres necesarios a los trescientos frailes allí congregados.

Engáñase igualmente Wadingo al decir que el Capítulo de 1216 es notable por el envío de misioneros a todos los Estados de Europa. Se había ya celebrado el Capítulo en la Porciúncula cuando Jacobo de Vitry trabó conocimiento con los Frailes Menores, y en su carta no hubiera dejado de consignar esta organización de las Misiones. Ahora bien, siguiendo el párrafo suyo que hemos citado, dice: «Después de esto, durante todo el año se dispersan por Lombardía, Toscana, Apulia y Sicilia» (cf. BAC, p. 964).

Finalmente se equivoca también Wadingo al escribir que el Cardenal Hugolino, acompañando a la corte pontificia a Perusa, vino a Asís a visitar la nueva Orden y se ofreció a San Francisco para reemplazar como protector al cardenal Juan de San Pablo, recientemente fallecido. Este relato, como ya lo veremos, está en contradicción con el de la primera entrevista de Hugolino y Francisco que nos da Tomás de Celano.

6) Puede visitarse la página web que dedicamos a la Indulgencia de la Porciúncula.

7) Tomás de Celano habla en tres lugares diferentes de la petición del Cardenal Hugolino como protector, pero no indica en qué ocasión se hizo esta petición (cf. 1 Cel 73-75, 93-101; 2 Cel 25). Jordán de Giano, en su Crónica, la pone después del retorno de Egipto (1220). Quizá el viejo cronista tenga razón. En todo caso, es bastante natural que Francisco pidiese un Cardenal como protector y defensor contra los enemigos de fuera después del fracaso de las primeras misiones; más tarde, después de las turbulencias interiores, a las que vamos a asistir, volvió sin duda a Honorio III para pedirle aumentara la autoridad del Cardenal protector, haciéndole también corrector de la Orden. Glassberger, que utiliza la Leyenda de los Tres Compañeros, la Crónica de los XXIV generales y la de Jordán de Giano, se esfuerza por armonizar sus relatos. Cuenta las dos peticiones haciendo decir a San Francisco para la segunda de ellas: «El Señor Ostiense que ya antes me diste». Los autores que siguen a Jordán de Giano y colocan la petición del Cardenal Protector después del retorno de Egipto (1220) se ven obligados a llevar a Francisco sea a Viterbo (Schnürer), sea a Orvieto (Sabatier), mientras Celano (2 Cel 25) nos dice que la petición tuvo lugar en Roma.

Ningún informe tenemos acerca del Capítulo General de 1218. Al organizar las misiones lejanas, tal vez se decidiese que los Capítulos que hasta entonces se celebraban en Pentecostés y en San Miguel, no fuesen ya generales sino de dos en dos años, convocándose al Capítulo anual tan sólo los religiosos de las provincias de Italia. No hay texto que autorice esta hipótesis, pero de hecho, en tiempo de San Francisco, no se conocen más Capítulos generales que los de 1217, 1219, 1221, 1224. A partir de 1221, los Capítulos generales se convocarán cada tres años.

8) Cf. Giano, Crónica.- ¿En qué fecha volvió a Italia? Sabemos por la carta de Jacobo de Vitry, fechada en Damieta, que Francisco asistió a la entrada solemne de los Cruzados en Damieta (2 de febrero de 1220). Una tradición confirmada por L'Estoire d'Eraclés y contada por Ángel de Clareno en su Crónica de las tribulaciones, nos dice igualmente que Francisco visitó la Palestina donde Fray Esteban vino a encontrarle y le hizo saber la conducta de sus vicarios. El Padre G. Golubovich, que en esta materia es autoridad, coloca la vuelta de San Francisco en marzo-abril de 1221. Pero por 2 Cel 143 sabemos que Pedro Catáneo fue nombrado Ministro general por el mismo San Francisco durante un Capítulo. No pudo ocurrir esto en el Capítulo de 1221, pues Pedro Catáneo murió en marzo de 1221. Por consiguiente debió suceder esto en el Capítulo de San Miguel, y la vuelta de San Francisco debió tener lugar antes del 29 de septiembre de 1220.

Los orígenes de Fray Elías son bastante obscuros. Salimbene fue recibido por él en la Orden. Su apellido debió ser: Bonusbaro o Bombarone. Se desconoce la fecha de su nacimiento. Beviglio, pequeña aldea a tres cuartos de hora de Asís, debe ser su patria. Los escritores del siglo XIV le llaman Elías de Asís; más tarde, en el siglo XVII, se le llama Elías de Cortona. G. Garci reivindica a Cortona como lugar en que naciera Elías. De familia humilde y pobre, ganaba su vida cosiendo colchones y enseñando a los niños a leer el salterio. Fue a Bolonia y tan bien aprovechó su permanencia en la ciudad universitaria, que Bernardo de Besse podrá escribir más adelante: «Helias, vir adeo in sapientia humana famosus, ut raros in ea pares in Italia putaretur habere». Y Tomás de Eccleston, a pesar de no serle favorable, dice: «Quis in universo christianitatis orbe vel gratiosior, vel formosior quam Helias». No se sabe con exactitud en qué época ni ocasión entró en la Orden. Wadingo afirma que fue en 1211, en las Celle, cerca de Cortona. Dotado de cualidades excepcionales, se ganó pronto la confianza de Francisco, y su conducta debió de ser santa y edificante, pues mereció se le nombrara provincial de Siria (1217-1221).

Cesáreo de Espira tomó el hábito en Siria de manos de Fray Elías. Era ya sacerdote y predicador de fama entre los Cruzados (Giano, Crónica).

9) Giano, nº 15; 2 Cel 143. Tomás de Celano fue quien en su Vida II hizo caer en desuso este título de Ministro general y lo reemplazó por el inexacto de Vicario general.

10) Se puede colocar en esta época, o durante el Capítulo, la nueva y última entrevista de Santo Domingo y de San Francisco ante el Cardenal Hugolino.

11) Nadie niega la realidad de las llagas. No existe la contradicción que se ha pretendido notar en los diversos relatos de los estigmas para negar su realidad. El hecho es incontestable, aunque la ciencia materialista trata de explicarlo naturalmente.

12) Para las fiestas de la canonización compuso Gregorio IX el himno Proles de celo, la antífona Sancte Francisce y el responso De paupertatis horreo; el Cardenal Tomás de Capua los himnos In coelesti collegio yDecus morum, la antífona Sancte Pater y el responso Carnis spica; el Cardenal Raynerio de Viterbo el himnoPlaude turba paupercula y la antífona Coelorum candor, que entraron a formar parte del oficio litúrgico compuesto entre 1232 y 1235 por Julián de Espira.

13) El recuerdo del tumulto que se produjo en 1230 durante el traslado del cuerpo de San Francisco dio origen a leyendas acreditadas hasta el siglo XIX. Se acusó a Fray Elías de haber levantado el cuerpo de San Francisco tres días antes de la fecha fijada, y haberlo ocultado en lugar secreto, por "temor humano", según decían unos, y para sustraerlo a los perusinos que ciertamente habrían intentado apoderarse de él, según otros. Estas afirmaciones, repetidas por los historiadores modernos, han sido refutadas por Monseñor Faloci-Pulignani y por el Padre B. Marinangeli.

No sabemos en todos sus detalles las ceremonias del traslado y sepultura de San Francisco. Sin embargo, puede tenerse por cierto que se produjo algún tumulto. El pesado sarcófago fue quitado y sustraído al entusiasmo y la veneración de la muchedumbre. La bula Speravimus da una prueba de ello. ¿Había sido premeditado este golpe de mano? ¿Puede imputarse a Fray Elías estar en connivencia con las autoridades de Asís? Nada hay que permita afirmarlo. Las sanciones lanzadas por Gregorio IX alcanzan tanto a todos los frailes sin distinción como a los magistrados de la ciudad. El único que se atreve a decir que el cuerpo del Santo fuera trasladado tres días antes del día fijado, Eccleston, adversario de Elías, nada le recrimina en este punto, ni tampoco Salimbene, a pesar de haber escrito una requisitoria contra el mismo Fray Elías, en la que no olvida nada de lo que pudiera reprochársele.

Es igualmente cierto que el precioso sarcófago fue colocado en el lugar determinado y preparado de antemano de acuerdo con el Papa y el Ministro General. Hubiera sido materialmente imposible a Fray Elías hacer excavar en la roca viva un nicho cuadrado de unos 3,15 m. de lado sin que nadie se percatara de ello. Salimbene dice de Fray Elías que le gustaba morar en el convento de Asís, donde era venerado el cuerpo del bienaventurado Padre San Francisco. No hay alusión alguna ni de este cronista ni de otro autor del siglo XIII a escondite impenetrable. Por lo tanto, la sepultura del Seráfico Padre no estaba en un principio rodeada de misterio alguno. Ni tampoco era inaccesible. Se podía llegar a ella por un corredor que partía del coro de los religiosos, cerrado por puertas cuyas llaves se trasmitían de un superior a otro. Pero es evidente que este acceso no podía abrirse al primero que llegase. Y esto es sin duda lo que hizo decir a los rectores de la ciudad, en 1279, en un documento donde afirman la integridad del cuerpo de "su Santo", que está conservado con reverencia en un lugar muy seguro y bien guardado.

Hasta el siglo XIV no se comienza a imputar a Elías la intención de haber querido ocultar el inestimable tesoro (XXIV Gener., en AF, t. III, p. 212). El sepulcro estaba tan poco secreto y tan poco inaccesible, que los perusinos, aliados de la Santa Sede, en guerra con Asís, pidieron a Eugenio IV (1442) permiso para llevar y poner en lugar más seguro el cuerpo de San Francisco; Eugenio IV lo rehusó. Muy pocos, sin embargo, debían ser los felices a quienes se permitía llegar a la cueva propiamente dicha. Para la mayoría, la peregrinación al sepulcro de San Francisco consistía en venir a orar ante el altar erigido encima de él, y que era el altar mayor de la iglesia inferior. De ahí que tomaran incremento nuevas leyendas.

Se afirmaba que San Francisco se mantenía derecho en su tumba, como si aún estuviese vivo, de pie, abiertos los ojos y con las llagas de sus estigmas siempre sangrando. Se decía que dos grandes personajes habían sido testigos del milagro: en 1354, el gran Cardenal Albornoz, tan devoto del Santo de Asís; en 1457, el duque de Milán, Francisco Sforza. En 1474, Jacobo Oddo, obispo de Pouzzoles, en su Franceschina, contaba la visita que habría hecho el papa Nicolás V, en 1449. En 1475 circulaba una carta atribuida al duque de Adria, que atestiguaba el mismo hecho. Mariano de Florencia cuenta que Sixto IV, en 1476, quiso darse por sí mismo cuenta del prodigio. Pero añade que habiéndole dicho San Jacobo de la Marca que este milagro debía quedar oculto, Sixto IV hizo obstruir con un acervo de piedras y mortero el hueco que quedaba en derredor de la urna sepulcral y del pasillo que a ella conducía. En realidad, Sexto IV, que sabía a qué atenerse respecto a la tumba de San Francisco, por haber sido Ministro general, tomó medidas útiles que impidiesen la divulgación de estas falsedades. Hizo además ejecutar modificaciones importantes en el altar mayor de la iglesia inferior, y desde entonces fue imposible llegar hasta el sepulcro. Y hasta se perdió la noción exacta del sitio en que se encontraba. Y como con su causa y razón ninguna tentativa se había hecho antes de Sixto IV para descubrirlo, así también a partir de este papa no se puede señalar ninguna visita auténtica al glorioso sepulcro.

Las tentativas de búsqueda del misterioso sepulcro comenzaron en el siglo XVI. En el siglo XVII, año de 1607, prohibió Paulo V hacerlas; pero finalmente, en 1806, se emprendieron algunos trabajos bajo la dirección del sabio Nicolás Papini, Ministro general de los Conventuales. Fueron interrumpidos muy pronto, reanudándose después en 1818 bajo su sucesor, José de Bonis. El 12 de diciembre del mismo año, se descubrió al fin el sarcófago, en que yacía tendido el cuerpo del Poverello. Este descubrimiento echó por tierra las leyendas que se creían con buena fe, leyendas que habían suscitado las controversias del siglo XVIII, y que habían sido ilustradas por el arte (cuadro de La Hire en el Louvre). Para conservar la memoria de tan felices resultados a que habían conducido las investigaciones de 1818, León XII, en 1820, instituyó la fiesta de la Invención del cuerpo de San Francisco, que se celebra el 12 de diciembre.

Gratien de París, O.F.M.Cap., Resumen cronológico de la vida de San Francisco de Asís, en Idem, Historia de la fundación y evolución de la Orden de Frailes Menores en el siglo XIII. Buenos Aires, Ed. Desclée de Brouwer,
1947, pp. 27-48.